
Hara unos años en mi barrio había un chaparro viejo, de película. No muy alto, con ramas anchas para subirse y tumbarse, daba buena sombra y llamaba mucho la atención dada la frondosidad de su follaje en un paisaje urbano con escasez de verde.
Era el árbol en el que en una típica película americana, el chico moderno se tumba en la rama reflexionando sobre problemas de su patética existencia.
Pero el chaparro que sobrevivió a las obras urbanas de la zona no duro mucho, pues su lugar estaba cerca de una zona de aparcamiento, y el fatum que consiguió evitar le llegó inexorablemente en forma de rencor vecinal.
Él se alzaba majestuoso dando sombra y cobijo en la zona, formando parte de la rutina del barrio, pero un día un vecino cual Héroe déspota ilustrado se acerco un domingo temprano con un galón de gasolina y le prendió fuego, como si fuese una bruja o un hereje que merecía arder por el pecado de haber crecido en un mal lugar.
Desconozco los argumentos que esgrimiría el susodicho vecino para tal crimen a la naturaleza y al encanto del vecindario. Tal vez le quitaba una plaza de aparcamiento en frente de su hogar, a lo mejor le ensuciaba el capó del coche con sus hojas, o su hijo volvió a casa con algún arañazo... decidió , sin mas, que su criterio era el mejor y que ese viejo roble merecía arder y posteriormente ser talado por los servicios municipales.
Gracias a él, el barrio perdió una referencia pintoresca y carismática del mismo, haciéndolo mas soso, frió e insulso.



